jueves, 21 de enero de 2016

Había una Vez... Volver a Empezar

Hace cuatro meses volví a empezar.

Volví a empezar cuando, después de muchas horas de operación, desperté en la UVI de un hospital y había caras sonrientes a mi alrededor.

Volví a empezar al día siguiente, dando algunos pasos por la habitación, y cuatro días después, cuando, por fin, regresé a nuestra casa adornada de rosas y con los brazos abiertos de mi gran familia, la mejor del mundo.

Volví a empezar cuando, pasados quince días, me colgué la mochila y fui a nadar, caminando y sin ninguna prisa. La primera vez hice la mitad de lo que nadaba habitualmente, pero me sentí feliz.

Volví a empezar cuando el trayecto al hospital se convirtió en la rutina de lunes a viernes, y cuando las buenas noticias médicas empezaron a sacarme la sonrisa más a menudo.

Volví a empezar tomando café y dando paseos con mis amigos, con los buenos, con los de verdad.

Volví a empezar con mis hijos, pequeños y sabios al mismo tiempo. Con mis hermanos, más cerca o más lejos pero siempre alerta. Con mis padres, convertidos en cocineros, chóferes, recaderos, sastres, expertos en bricolaje y psicólogos según el día, derrochando amor incondicional a todas horas y sin querer nada a cambio.

Y vuelvo a empezar cada día contigo, amor, que no me dejas sola ni un minuto, que te gusta sorprenderme en la cocina, que me lees libros por la noche, que me buscas y siempre me encuentras... Que has querido ver conmigo, una vez más en tu caso, la película Begin again.

Y aquí me tenéis, aquí sigo, empezando de nuevo con el despertar de cada mañana, aguardando agradecida el próximo amanecer, y todos los que quieran venir y que yo pueda ver.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Había una Vez... La Navidad en La Ratonera

Cuando el calendario descubrió diciembre, los ratones supieron que había llegado el momento de preparar La Ratonera para una nueva Navidad. Así que Mamá Ratona sacó un montón de cajas con adornos navideños, que quedaron desperdigadas por el salón.

- ¿Por dónde empezamos, mamá? - preguntó el ratón grande.

- Por el principio - contestó Mamá Ratona.

Entonces, se abrigaron de los pies a la cabeza y salieron en busca de su árbol hacia el Bosque Encantado, un bosque diferente a cualquier otro y al que sólo se accede por el camino de la imaginación. Habréis de saber que, en ese bosque, cada familia tenía su propio árbol, un abeto que regaban, cuidaban, podaban y mimaban durante todo el año. Y, cuando llegaba la Navidad, cada uno abandonaba temporalmente el bosque, para presidir el salón de su hogar, hasta los primeros días de Año Nuevo.

Los ratoncitos reconocieron su árbol desde bien lejos y corrieron hacia él. El ratón pequeño llegó primero y abrazó el tronco con sus brazos.

- ¡Hoy te vienes con nosotros, arbolito, la Navidad está muy cerca! - exclamó.

Cuando también llegaron Mamá Ratona y el ratón grande, entre los tres ayudaron al abeto a desenterrar sus raíces.

- Vaya, cada día estás más alto y frondoso - dijo con cariño Mamá Ratona - Será una bonita Navidad.

Deshicieron juntos el camino de vuelta. Al llegar a La Ratonera, el árbol se colocó junto a la chimenea encendida y su copa rozó el techo.

- Ya lo decía yo, has crecido mucho - confirmó Mamá Ratona.

- ¡Para el año que viene tendremos que romper el techo! – gritó divertido el ratón grande.

Al escuchar aquello, Mamá Ratona y el ratón pequeño rompieron a reír, y el gran abeto sacudió sus ramas, haciendo cosquillas a todos.

Cuando las risas se calmaron, Mamá Ratona y los ratones se pusieron manos a la obra. Al rato, la campana de fuera sonó, y el ratón pequeño corrió a abrir la puerta. Entonces, irrumpieron en el salón las dos ardillas traviesas, los tres topitos miopes, el gnomo sabio y cinco enanitos. Con ellos, llegó también el alboroto, el barullo... y Mamá Ratona se armó de infinita paciencia.

Poco a poco, la chiquillería fue adornando las ramas del abeto de La Ratonera. Primero, con sonrisas rojas y brillantes. Después, con deseos dorados, ilusiones plateadas y con espumillón del color de los sueños. Finalmente, el ratón pequeño tuvo el honor de colocar la estrella en lo más alto del árbol, una estrella irregular, hecha de cartón, mal coloreada... Sin duda alguna, la estrella más maravillosa del mundo.

Para poder llegar a la copa del abeto, las ardillas, los topitos, el gnomo y los cinco enanitos hicieron una pirámide montados unos sobre otros, y así el ratón pequeño pudo trepar con facilidad. Y, cuando coronó el árbol, su estrella comenzó a brillar con una intensa y mágica luz que alumbró extraordinariamente el salón, a pesar de ser ya noche cerrada.

Aquel día de diciembre terminó con villancicos, dulces y deliciosas castañas asadas, compartidas al calor de la chimenea y de las buenas intenciones.

Fuera, se escuchaba el frío de invierno. Y, fuera, el corazón del Bosque Encantado había quedado un año más desnudo, pues cada abeto se encontraba ya en su hogar, aguardando la Navidad, que estaba a tan sólo tres paradas de tren, casi, casi a puntito de llegar.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Había una Vez... Encender velas y no soplarlas

Muchos “25 de febrero” he pensado (y hoy, por fin, lo comparto) que, cuando uno cumple años, en vez de soplar velas debería encenderlas, y dejarlas así, iluminando el paso de la vida, hasta que llegara la hora de apagarlas todas, de un soplo, justo antes de bajar el telón.

Cada año una vela, un rayo, un destello más de vida. Una llama creciente, de madurez y experiencia, que guíe nuestro camino, haciendo visibles los baches para no tropezar tanto.

Puede que por eso los niños necesiten la luz de sus padres, y sólo de jóvenes comiencen a sentirse libres en la penumbra, impacientes por tragarse la vida sin esperar a que la claridad destape su total dimensión.

De adultos, debería bastarnos nuestro propio halo, pero ocurre que hay velas que se apagan por culpa de malas corrientes, y entonces necesitamos la luz de otros para seguir adelante. Y compartir los rayos se me hace bonito.

En mi pensamiento, veo también a las personas mayores inundadas de luz, perfectas en su papel de faros para una sociedad demasiadas veces perdida. Tal vez así, quién sabe, tendrían el lugar que se merecen y que nos empeñamos en negarles.

Y llegados al final del recorrido, ahora sí, creo que sería el momento de soplar todas y cada una de las velas encendidas a lo largo del tiempo, para elevarnos después, ligeros de equipaje, en busca de esa otra luz mágica y eterna que nos espera allá arriba.

Feliz Cumpleaños.

lunes, 9 de febrero de 2015

Había una Vez... Margarita y el Perro de la Corte


El perro ladró tres veces - ¡Guau-Guau-Guau! - como queriendo dejarse encontrar después de un largo rato de juego.

- ¡Estás aquí, por fin! – exclamó la Infanta Margarita.

La niña se agachó y abrazó con ternura al perro que aquella mañana había encontrado en los Jardines del Alcázar. Parecía mastín, era grande, marrón canela y se notaba que añoraba compañía.

- ¿Sabes que tienes cara de listo? – comentó Margarita mientras acariciaba sus orejas – Me gustaría saber cómo te llamas y quién es tu dueño, eres demasiado bonito para estar por aquí solo.

Se levantó y limpió su vestido de hojas, tierra y briznas de hierba. Las campanas del Monasterio de la Encarnación comenzaron a repicar y Margarita supo que era hora de regresar a Palacio. Lo hizo a toda carrera, comprobando de tanto en tanto que el perro la seguía de cerca.

Cuando por fin alcanzó la fachada del Alcázar, decidió entrar por la zona de las cocinas. Margarita confiaba en que Bernardo, un joven galopín hijo de la panadera, le diera algún resto para el perro.

- ¿Está loca, Alteza? Me va a meter en un lío, ¡ni hablar! – exclamó enfadado el chico - Como se entere Don Toribio, el cocinero, me manda con los desarrapados. Ese perro tiene que tener dueño, déjelo donde lo encontró.

- Pero tiene cara de hambre, Bernardo, y está un poco sucio, y parece muy listo, y buen perro, y está solo y...

Siempre ocurría lo mismo… la Infanta Margarita conseguía su objetivo. Así que Bernardo, su mejor amigo en la Corte, le dio un pedazo de carne y un balde de agua para el perro, que agradeció moviendo la cola inquieto.

- Vaya, estabas hambriento, perrito – comentó divertida la niña.

El perro terminó la vianda y se relamió los bigotes. Entonces la niña lo llevó a las Caballerizas Reales y lo acomodó junto a un montón de paja.

- Ahora debo marcharme. Mis damas de compañía estarán buscándome por todas partes, pero prometo que volveré.

La Infanta Margarita regresó corriendo a Palacio, justo en el momento oportuno.

- Vamos, Alteza, dese prisa – le apremió Doña Isabel de Velasco – Don Diego lleva un rato esperando en el taller; además, ya sabe que a Doña Marcela no le gusta que ande usted por ahí, correteando de cualquier forma como si fuera una salvaje.

Don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, el pintor de la Corte, llevaba varios días inmerso en un gran cuadro. Y, una vez más, la pequeña Infanta era la protagonista. Mucho tiempo después, Margarita comprendería el empeño de aquel artista de bigotes puntiagudos en pintarla a todas horas. De momento, a sus cinco años, la niña tan sólo sabía que aquello de posar era muy aburrido. Tanto rato quieta, sin poder casi ni hablar, ni moverse… ¡sin jugar!

Resignada, Margarita entró en una de las estancias de Palacio que Velázquez utilizaba como taller y, bajo una mirada de reprobación de Doña Marcela Ulloa, se colocó en el centro de la estancia. Junto a ella, a cada lado se colocaron sus meninas, las damas Doña Isabel y Doña María Agustina Sarmiento.

- Mire cómo lleva el vestido, Alteza, si parecen harapos – comentó con desagrado Doña Marcela.

Por fortuna, los Monarcas también estaban en la sala y su padre, el Rey Felipe IV, le guiñó un ojo quitando hierro al asunto.

A Margarita el posado se le hizo eterno aquella tarde. Cuando por fin terminó, consiguió escapar de sus meninas y se dirigió impaciente a las caballerizas.

- Perrito, ¿dónde estás? Ya he vuelto, no he podido hacerlo antes – Pero Margarita paró en seco su carrera. El precioso mastín canela no estaba donde debería estar. Un ruido detrás de ella le sobresaltó.

- Disculpe, Alteza, no sabía que vendría esta tarde. ¿Desea dar un paseo? – preguntó un mozo de cuadras.

- ¿Dónde está mi perro? – gimoteó la niña.

- ¿Ese perro tan enorme? Parecía peligroso y lo hemos espantado, Alteza – respondió el chico - Creo que se dañó una pata y marchó cojeando por allí.

La niña no quiso escuchar más y se fue corriendo por los jardines, gritando a cada rato:

- ¿Dónde estás, perrito? ¡Ni siquiera sé cómo te llamas! ¡Ven perro, soy yo, tu amiga Margarita!

Sin darse cuenta, la Infanta dejó atrás el Palacio y anduvo mucho tiempo, y muy lejos, hasta dejar atrás los muros del Alcázar. Perdida entre los árboles, Margarita vio cómo el sol se apagaba en el ocaso, y comenzó a sentir miedo, frío y soledad.

- ¡Perrito, ven, prometo que te cuidaré, nadie te hará daño!

Ésas fueron las últimas palabras de Margarita en aquella noche oscura, antes de quedarse dormida acurrucada bajo un árbol. Un lametón la despertó horas después. La niña abrió los ojos y descubrió la cara simpática del mastín color canela. Margarita lo reconoció enseguida y sonrió.

- ¡Por fin te encuentro! Esta vez te habías escondido bien, ¿verdad? ¿Cómo éstas, te duele mucho? – dijo adormilada, acariciando la pata ensangrentada del animal - Regresemos a Palacio para curarte, y prometo que no volveré a dejarte solo.

La Infanta Margarita se levantó, pero estaba demasiado cansada y aterida de frío para regresar andando a Palacio. El perro se dio cuenta, y tirando suavemente del vestido consiguió hacer entender a la niña que subiera sobre su lomo. Así juntos, despacio y bajo la luz de la luna, el mastín y la Infanta regresaron a Palacio. Sanos y salvos para tranquilidad de los Monarcas.

A partir de entonces, aquel perro grandote se convertiría en guardián y protector de la Infanta, pasando a formar parte de la Corte de Felipe IV. La niña curó su pata herida, dicen que le puso un bonito nombre (aunque esto es un secreto) y quiso retratarse con él en uno de los cuadros más famosos de Velázquez.


jueves, 5 de febrero de 2015

Había una Vez... ¡Cuidado con lo que deseas! (o el abrazo más grande)

Pedro estaba furioso, mucho más que furioso en realidad, pero a sus seis años de edad no encontraba un adjetivo que definiera mejor su estado anímico. Estaba en su cuarto, solo, y miraba a través de la ventana cómo caían las gotas de lluvia y se estrellaban contra el cristal. El viento, que todavía escuchaba rugir incluso dentro de casa, azotaba los árboles del jardín y hacía volar con giros arremolinados mil hojas amarillas, ocres y granates, que hasta entonces habían reposado serenas en el césped.

Pedro miró al cielo cargado de nubes, nubes grises como su humor. Escuchó tras la puerta los tacones de mamá y ese timbre de voz que tanto le irritaba cuando, como aquella tarde, no había discusión y se hacía lo que ella decía, porque sí. Por eso, mirando fijamente al cielo, Pedro deseó que mamá desapareciera, e incluso se atrevió a desearlo en voz alta y con los ojos cerrados:

- Que mamá desaparezca.

Después abrió los ojos y siguió mirando por la ventana. Y todo seguía igual. Todo, a excepción del timbre irritante de voz que ya no se escuchaba. Pedro agradeció el silencio y sonrió. Con su nariz pegada al cristal, todavía siguió mirando un rato más la lluvia y el vendaval que se habían transformado en tormenta, y se entretuvo contando el tiempo que transcurría entre el rayo y el trueno, tal y como le había enseñado a hacer… mamá.

Un rato después Pedro sintió hambre, así que decidió abandonar la ventana y se dirigió a la puerta, que abrió con firmeza. Con el picaporte todavía en la mano, escuchó atentamente el silencio que le rodedaba. Llamó a mamá. No obtuvo respuesta. Volvió a llamarla y elevó el tono al hacerlo. Nada. Entonces bajó a la cocina y encendió la luz para comprobar mejor que la estancia estaba desierta. ¿Dónde estaría su madre?

Fingiendo tranquilidad, Pedro decidió aprovechar la ocasion y sacó de la despensa el bote de crema de cacao, ésa que mamá racionaba continuamente. Abrió el cajón de los cubiertos y sacó un cuchillo. Se sentó entonces a la mesa, destapó el bote y metió el cuchillo con ganas. Lo sacó triunfante lleno de deliciosa crema y se lo llevó a la boca. Así estuvo Pedro un buen rato, el que necesitó para vaciar el bote, que vacío dejó de tener interés para el chico. 

Pedro volvió a llamar a mamá. Silencio. Ni tacones ni tono irritante. Nada. Regresó a su habitación y comenzó a jugar con las construcciones, y de tanto en tanto miraba por la ventana y comprobaba que la lluvia, el viento, los rayos y los truenos seguían en acción. De pronto sintió frío y abrió el cajón de la cómoda, y no supo qué sudadera coger. Pero mamá no estaba, así que tuvo que tomar la decisión que creyó más acertada, y se colocó un jersey que después de puesto notó demasiado grande.

Con las mangas mal dobladas, Pedro jugó después con los coches, con los indios, los vaqueros, los soldaditos… Y llegó un momento en que la alfombra ni se veía de tantos juguetes que había por el suelo. Y ese caos le sentó fatal, y todavía le sentó peor un dolor de tripa que iba en aumento. Gritó:

- ¡Mamá! ¡Mamáaaaaa! - ¿Dónde estaba? ¿Por dónde correrían sus tacones? ¿Por qué no se oía su voz por ninguna parte?

Entonces a Pedro le corrió un sudor frío por la espalda. ¿Y si el deseo de hacía un rato se había cumplido? “Qué mamá desaparezca”, había dicho en voz alta, “que mamá desaparezca”, pero sólo lo había dicho en broma, ¿verdad?

Un frenético impulso le llevó a inspeccionar la casa de arriba abajo, corriendo de un lado a otro a la velocidad de la luz, abriendo y cerrando puertas, llamando a su madre una y mil veces. Incluso, se atrevió a abrir la entrada principal de casa, pero el viento la cerró de golpe en sus narices.

Ahora sí, Pedro perdió los últimos nervios que le quedaban en los bolsillos. Lloró, y llorando subió a su cuarto, y miró por la ventana con la vana esperanza de ver a mamá tras el cristal. Pero no fue así.

Abatido, Pedro se acurrucó en la cama con su peluche, buscando la postura que mejor escondiera su dolor de tripa… y de corazón. Cerró los ojos y deseó que mamá volviera, que regresaran sus tacones, y su dulce voz, sólo a veces enérgica (y sí, un poco estridente) por causas justificadas. Que viniera mamá a ponerle un jersey de su talla, a ayudarle a encontrar sus juguetes en el desorden, a darle el jarabe de fresa. A secarle las lágrimas.

La tormenta cesó. Los tacones subieron por las escaleras y entraron de puntillas en el cuarto de Pedro, que dormía inquieto en su cama.

- Pedro, cariño, despierta – susurró mamá – Mira qué desastre de cuarto. Anda, recógelo y luego baja si quieres a merendar.

El niño abrió los ojos, se los frotó incrédulo, y abrazó a su madre con tantas ganas, tanta fuerza y durante tanto rato seguido que bien pudo convertirse aquél en el abrazo más grande del mundo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Había una Vez... Cuando el amor llama a la puerta


Era un otoño raro, todo el mundo coincidía, aunque para ella era una tarde más de una semana más de un mes cualquiera. Estaba en casa, recostada en el sofá y con un libro apoyado en las rodillas. Sabía que no tardaría en aparecer, otra vez, el dolor de cuello por culpa de su rebeldía postural, pero le encantaba tumbarse de aquella manera y leer sin prestar atención al reloj. Con ella estaba la soledad, con quien había llegado a llevarse bien, después de tener que sufrirla al principio. Se habían acostumbrado a estar la una con la otra y, de alguna forma, se sentían así más acompañadas.

El timbre sonó de pronto, un par de veces. Ella lo ignoró al principio, pensando en algún cartero comercial inoportuno. El timbre volvió a sonar tres veces. Molesta por la interrupción, se levantó del sofá, se llevó la mano al cuello ya dolorido y se acercó al interfono.

- ¿Quién es? – preguntó.

- Soy yo, el amor – recibió por respuesta.

- Creo que te has equivocado, llama a la puerta de al lado, gracias – respondió ella.

- No, no me he equivocado, anda, déjame entrar, que hace frío. 

“Uf, qué pereza”, pensó ella abriendo la puerta de casa y dejando sobre la mesa del recibidor su libro interrumpido.

Él entró después de limpiarse los zapatos en el felpudo, y saludó amable.

- Me alegra verte de nuevo, cuánto tiempo.

Ella lo miró de arriba abajo desconfiada, sintió el sudor frío en la espalda y lamentó haber abierto la puerta a un desconocido.

- Tú no eres quien dices ser – dijo buscando un tono que disfrazara su temblor – Te conozco de otras veces y no eres así.

- Tienes razón, he cambiado por fuera, pero en el fondo soy el mismo de siempre – respondió el amor – Mírate, tú tampoco eres la misma.

- Tal vez, pero será mejor que te marches  – exigió ella sosteniendo la puerta abierta – la verdad es que ahora me pillas ocupada, fatal de tiempo.

El amor miró a su alrededor, el salón vacío, la chimenea encendida, la música de fondo, el sofá aún con la huella del cuerpo de ella y el libro sobre la mesa del recibidor.

- Muy ocupada tampoco estarías… Además, no me mientas, me estabas esperando – habló el amor sin moverse del sitio.

No, eso no era cierto, se dijo ella convencida. O sí. No, mejor no, ahora estaba bien en compañía de la soledad y no quería líos. O sí.

El amor leyó las dudas en su cabeza y aprovechó la guardia baja para avanzar posiciones y llegar al sofá. Allí se sentó y esperó la reacción de ella que había seguido sus pasos desconcertada.

- De verdad, márchate, no quiero verte – suplicaba más que exigía.

- ¿Por qué no? – preguntó el amor - ¿Qué te he hecho yo?

- Eres cruel y puedes hacer mucho daño, ya lo hiciste una vez y no quiero que se repita.

- Pero también puedo darte felicidad – se defendió.

- Ya, hasta que un buen día te marches por donde viniste. No, gracias, ya pasé por eso.

- ¿Y si no me voy esta vez?

De pronto, durante un nanoinstante casi imperceptible, a ella le brillaron los ojos, su rostro se relajó y la voz le sonó menos seca.

- ¿Prometes que no te irás?

- No puedo prometerte eso – contestó el amor sincero – No depende de mí, ya lo sabes... 

La sombra volvió al rostro de ella, que se ayudó de su brazo estirado que apuntaba a la puerta para gritar:

- ¡Entonces márchate ya, ahora mismo! ¡No quiero tener que lamentar haberte dejado entrar!

Lejos de hacerle caso, el amor se levantó y la abrazó con callada ternura. Y ella se perdió en ese abrazo, agachando la cabeza y dejando caer algunas lágrimas en la alfombra del salón. El tiempo se detuvo así unos minutos, pero la vida volvió a dar cuerda. El amor levantó el rostro de ella y pidió a su mirada:

- Déjame que me quede, por favor, he venido a verte y no quiero irme antes de tiempo.

- ¿Y qué pasará si vuelves a desaparecer?

- ¿Y qué pasará si no lo hago?

- No me respondas con otra pregunta, no seas cobarde, me lo debes – dijo ella.

- Si vuelvo a marcharme será que éste no era mi sitio – respondió el amor con las ventanas abiertas de par en par - Pero sería una pena no disfrutar de mi visita pensando en un futuro que quizá no sea como temes. O sí, pero ni tú ni yo podemos saberlo ahora.

Ella aceptó, se armó de valor e invitó al amor a sentarse de nuevo en el sofá. Después, fue a preparar café con un nudo en el estómago y, de camino a la cocina, se cruzó sin querer con la soledad que salía por la  puerta de puntillas, sin tampoco saber si volvería a compartir su tiempo con ella. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Había una Vez... La Señora en su Mecedora

En un lugar muy cerca de aquí, al final de un callejón empinado, empedrado y enredado, vivía una señora de edad incierta y mirada dulce que, cada tarde, salía al porche y comenzaba a tejer, sentada en su mecedora.

¿Y qué tejía, preguntarás? Pues no tejía bufandas ni tampoco calcetines. ¿Gorros, chaquetas, toquillas, tal vez? ¿Entonces, qué?

Aquella señora amable, que vivía por aquí, tejía cuentos maravillosos que dibujaban sonrisas y agrandaban corazones. 

Y lo hacía con unas sencillas agujas espolvoreadas por un hada buena,  y con los ovillos que encontraba en su cesto de mimbre, ordenados con mimo por un duende feliz. Ovillos de colores tan, tan especiales como el de la bondad, la generosidad, el respeto… y el color siempre vivo de la amistad. También, en su cesto, resposaba una lista interminable, con los nombres de toooodos los niños que merecían tener su propio cuento.

Así, cada tarde, y al son de su mecedora, aquella señora tejía historias fantásticas llenas de reyes y princesas, de dragones y bosques encantados, de gnomos, piratas, castillos, caballeros… y, sobre todo, de buenas intenciones.

Y, mientras ella tejía y tejía sin parar, el viento del atardecer se iba llevando las historias terminadas, que revoloteaban por el cielo hasta encontrar a su elegido, a un niño como tú o tú que, al leer su cuento, se sentía más feliz y mejor personita.

Por eso, en las tardes de brisa, estés donde estés, si cierras los ojos y prestas atención, podrás escuchar el compás de una mecedora. Y mira siempre al cielo, pues pudiera ser que un día de estos te llegue tu propia historia, tejida por La Tejedora de Cuentos. 

Y, colorín, colorado… La Tejedora seguirá tejiendo mientras quede un niño sin su cuento.

miércoles, 11 de junio de 2014

Había una Vez... Horacio Minuto II o la Invención del Reloj

En el Reino Escondido de las Cosas Maravillosas nació una vez un duende al que pusieron por nombre Horacio Minuto II por capricho de su padre, el honorable duende Horacio Minuto.

Cada duende nace con una misión por cumplir, pero año tras año la de Horacio Minuto II era un misterio. Era habilidoso y manitas, divertido, ingenioso… pero no era ni muy alto, ni muy fuerte ni más sabio que otros duendes. Sin embargo, Horacio tenía una virtud: siempre sabía el momento oportuno para hacer, estar, decir o callar. Por eso, todos en el reino recurrían a él, y cada vez con más frecuencia: 

Horacio, ¿cuándo amanecerá? – ¿cuándo comenzará el gran banquete? – ¿cuánto falta para la lluvia de estrellas? 

Y Horacio tenía respuesta para todos: dentro de un rato corto, en un rato y medio largo, dentro de tres ratos y veinte momentos

¿Por qué todos tenían tanto interés en saber cuándo ocurrirían las cosas? Horacio no le daba mucha importancia al momento exacto de los acontecimientos del día, pero parecía ser el único en el Reino Escondido. Por eso, una tarde se puso a pensar, y lo hizo exactamente durante cinco ratos muy largos y quince breves momentos, hasta que creyó haber dado con la solución.

Buscando por aquí y por allá se hizo con un montón de extrañas piezas: algunas tuercas, un par de muelles, un plato, tres agujas… Con todo ello, fue a ver al Duende que Todo lo Sabe y le contó su idea.

- ¡Fantástica Horacio, has descubierto por fin tu misión! – exclamó éste feliz.

Tardó varios ratos en dar forma a su invento y, al amanecer, lo presentó ante el Gran Consejo: era una esfera con números del 1 al 12 escritos a su alrededor y con tres agujas que marcaban tres tiempos diferentes, a los que todos los presentes, entusiasmados con el aparato, coincidieron en llamar horas, minutos y segundos, en homenaje a su inventor.

Y mucho tiempo después, parece ser que aquel utilísimo artilugio pasó a llamarse reloj… ¡vaya usted a saber por qué!

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.